La Venganza y la Justicia

"La venganza es una especie de justicia salvaje. [...] Las venganzas públicas son, en su mayoría, afortunadas.
Francis Bacon, De la Venganza, 1625
"En este país, es bueno matar de vez en cuando a un almirante, para alentar a los demás."
Voltaire, Candide, 1759
Hay una idea que la gente repite con la convicción de los que nunca la han puesto a prueba: que la venganza no sana heridas. Que es veneno que uno se toma esperando que el otro se muera.
(Lo de 'cavar dos tumbas antes de emprender un viaje de venganza' - que la gente le atribuye a Confucio sin razón, por cierto - me suena a tarifa de aficionado. Con putecientos engaños entre putecientos hombres yo me habría conformado con una fosa común...)
Que el camino correcto es perdonar, soltar, pasar la página, y eventualmente - con suficiente terapia y yoga - alcanzar algo que los gringos llaman closure y que los colombianos llaman "dejar esa mierda así."
A esa idea le tengo un profundo respeto intelectual.
Anoche caí en John Wick otra vez. La cuarta, de paso.
La humanidad moderna ha construido dos negocios paralelos alrededor del mismo acto: un negocio que condena la venganza, y otro que la vende. El primero lo maneja la industria terapéutica, que cobra por hora para enseñarte a soltar. El segundo lo maneja Hollywood, que cobra por boleto para mostrarte a un hombre matar a trescientas personas porque le mataron el perro. El mismo hombre que le dice a su esposa "la venganza no vale la pena" se sienta esa misma noche a ver a Keanu Reeves clavarle un lápiz BIC por la cuenca del ojo a un sicario - hundiéndolo lenta, deliberadamente, hasta que el extremo del borrador queda asomando por la nuca - mientras su esposa, a su lado, come palomitas y piensa "qué bueno está ese Keanu."
(John Wick ha recaudado más de mil millones de dólares solo en taquilla. Las cuatro películas suman 523 minutos de cine en total. El perrito aparece en pantalla exactamente 11 minutos en toda la franquicia. Ese 2% del metraje es la mecha encendida. Las otras ocho horas son el incendio. Hagan la cuenta: son, aproximadamente, cien millones de dólares por minuto de perrito en pantalla. Ese es el Retorno sobre la Inversión Emocional más alto en la historia del cine. El perrito de John Wick es, técnicamente hablando, el activo financiero más productivo del siglo XXI.)
El Conde de Montecristo lleva ciento ochenta años en imprenta, con más de treinta adaptaciones. Gladiator ganó cinco Oscars contando una historia donde el protagonista mata al emperador en un circo romano por razones estrictamente personales. Los Cuarenta y Siete Rōnin son el relato nacional más celebrado de Japón - tres siglos contando la historia de cuarenta y siete samuráis que dedicaron dos años de sus vidas a planear la venganza por la muerte de su señor, la ejecutaron en una noche, y luego se hicieron harakiri al amanecer. No es un relato de advertencia. Es un modelo pedagógico. Niños japoneses crecen aprendiendo que la manera correcta de honrar a un superior injuriado es dedicar dos años a una masacre meticulosa y morir limpiamente.
En cada cultura donde todavía queda memoria, la venganza es el género narrativo más rentable. La sabiduría convencional ("es veneno") y el comportamiento real del mismo público ("dame la secuela") se contradicen con la consistencia de un matrimonio colombiano.


El Asterisco

Pero la dominancia comercial del género no es la única evidencia de la contradicción. La otra evidencia eres tú.
Considera la siguiente trama que has visto con tus propios ojos hartas veces: entre niños, entre adultos, quizás incluso observando un grupo de monos en el zoológico. Hasta se convertió en su propio género en YouTube. Hay un bully. Vemos cómo este bully jode una persona, luego otra, y luego otra más. Ninguna de sus víctimas le ha hecho nada - el bully lo hace simplemente porque puede. Le hace sentir poderoso. Cuantas más veces lo hace y no sufre ninguna consecuencia, más grande se vuelve su ego y más se cree inmune a las consecuencias. Cada vez que lo vemos joder a otra persona que no lo merece - con tal falta de preocupación o empatía por el daño que causa a su víctima, que incluso se ríe de ello - lo odiamos un poco más. A todos nos frustra verlo, y cuanto más continúa, más esperamos que alguien finalmente le devuelva el golpe y le borre esa sonrisa arrogante de la cara.
Luego, un día, finalmente se mete con la persona equivocada. Alguien que no solo le devuelve un golpe, sino que se lo devuelve tan fuerte que lo pone al piso. Aplaudimos y sentimos una profunda satisfacción al ver que este malparido finalmente recibe lo que se merece. Predeciblemente, este bully luego actúa como si fuera la verdadera víctima. No podemos evitar poner los ojos en blanco ante lo delirante que es, y su hipocresía solo nos hace despreciarlo aún más.
A la sabiduría convencional sobre la venganza le falta un asterisco. El asterisco está en el nombre.
La sabiduría convencional no te pide no SENTIR el impulso - sabe perfectamente que lo vas a sentir, que ya lo sentiste hace dos párrafos cuando aplaudiste al bully en el piso. Lo único que te pide es que lo rebautices. Karma cuando le pasa al malo. Justicia poética cuando lo escribe un novelista. "Se lo merecía" cuando lo dice tu mamá. Cualquier cosa, menos llamarlo por su nombre. Venganza es la palabra prohibida - y todo el mundo, todo el tiempo, está sintiendo exactamente eso bajo otros nombres.
El truco funciona la mayoría de las veces. La rueda, eventualmente, gira. El karma, eventualmente, llega. El cosmos, en su lentitud burocrática, termina archivando las cuentas pendientes - y la sabiduría convencional puede seguir vendiéndose como sabiduría porque, en muchos casos, cumple lo que promete.
Pero hay bullies fuera del alcance de la rueda. No porque sean particularmente pilos - aunque algunos lo son - sino porque operan en un punto ciego del sistema: una categoría de daño que ningún código penal contempla, una forma de crueldad que ninguna instancia oficial reconoce como crueldad, un terreno donde la consecuencia social está, por diseño, ausente. Donde transmitir a sabiendas un virus incurable - cuyas consecuencias sociales son peores que las médicas - no es delito, no es escándalo. El cosmos, sea lo que sea el cosmos, no tiene jurisdicción ahí. El bully sigue siendo bully indefinidamente. Y la única manera de que la rueda gire es que alguien la empuje a mano.
Varios colombianos me escribieron para contarme sus propias versiones del mismo punto ciego. Las historias eran diversas, pero lo que dijeron todos, palabra por palabra, fue "siempre escapan con la suya".
Correo de un hombre que vivió una relación gay idéntica: 500+ chats, fachada de buena persona, ITS, heridas impunes
Una etiqueta colgando en el cuello. Exacto. Ya no es metáfora - es implementación.


La Pregunta Correcta

La pregunta de si la venganza sana es, en el fondo, la pregunta equivocada.
La pregunta correcta es: si no yo, ¿quién?
No fui el primero. Antes de mí hubo otros hombres a los que les mintió con la misma cara con la que me miraba cuando me decía "Tienes miedo de que te vaya a engañar?" Otros que pasaron horas consolando a la que creían su novia sobre sus inseguridades - su cuerpo, su valor, sus miedos - sin saber que en realidad se la estaban metiendo sin condón en una prepago que, una hora antes de esa misma conversación íntima, había atendido a un cliente (en el camino - aprovechando la eficiencia logística). Otros que se tragaron el DARVO - la inversión de víctima y victimario que ejecuta con la naturalidad de quien respira - y terminaron preguntándose si el problema no serían ellos.
Porque ella es, hay que reconocerlo, espectacularmente buena en lo que hace - y lo que hace es mentir, pero con una dedicación artesanal que en otro contexto le habría merecido un puesto fijo en Expoartesanías, entre los sombreros vueltiados y los bocadillos veleños.
Me enamoré de ella como todos los demás. Esa es mi credencial - no la superioridad moral, sino la estupidez compartida.
Hay una rama de las matemáticas que se dedica a estudiar lo que pasa cuando personas racionales se traicionan mutuamente. Se llama teoría de juegos, y en 1984 un politólogo de Michigan llamado Robert Axelrod organizó un torneo para resolver la pregunta definitiva: ¿cuál es la mejor estrategia cuando no puedes confiar en nadie?
Participaron sesenta y dos estrategias de seis países, algunas con cientos de líneas de código. Ganó la más simple - cuatro líneas de BASIC, escritas por un matemático canadiense llamado Anatol Rapoport. Se llamaba Tit-for-Tat: coopera primero, y después replica exactamente lo que el otro hizo. Si coopera, cooperas. Si traiciona, traicionas. Cuatro líneas. Dos principios. Punto.
Lo que Axelrod descubrió - y lo que la sabiduría de barra confirma cada viernes en cualquier estrato - es que las estrategias que nunca castigan la traición se extinguen. Son explotadas hasta desaparecer. "Ser buena gente no es suficiente," escribió Axelrod. "Ser provocable es esencial." Ella ejecutó la estrategia óptima del oportunista: traicionar siempre, porque el castigo esperado era cero. En la literatura económica esto se conoce como riesgo moral.
(O sea: cuando la consecuencia esperada de mandar "quiero estar contigo amor, soy sola tuya." a tres manes a la vez es cero, la agente racional manda cuatro. Le añade al cuarto un "qué rico despertar pensando en ti" por si acaso. Esto no es depravación - es finanzas básicas.)
"Los pactos, sin la espada, no son más que palabras, y carecen de fuerza para proteger a nadie."
Hobbes, 1651
Ella firmó docenas de pactos - de exclusividad, de amor, de que "contigo es diferente" - y los rompió todos, porque no había espada.
Ahora lo hay.


La Moral de Esclavos

Nietzsche, que tenía la costumbre inconveniente de tener razón, identificó el mecanismo psicologico exacto detrás de "la venganza es veneno". Lo llamó moral de esclavos.
Su argumento, resumido para la audiencia de TikTok: cuando los débiles no pueden tomar acción, transforman su impotencia en virtud. El que no puede devolver el golpe decide, filosóficamente, que el golpe no merecía devolverse. El que no puede defenderse concluye que la defensa es vulgar. La impotencia se rebautiza como "dejar ir." El resentimiento se rebautiza como "sabiduría." Y así, en una operación puramente retórica, la incapacidad se transforma en superioridad moral.
"La venganza es veneno" no es la conclusión de alguien que evaluó las opciones. Es el consuelo de alguien que no tiene ninguna. El veneno no es la venganza. El veneno es la impotencia rebautizada.
(La misma maniobra mental en otro escenario: Santiago Orozco creyendose el Elegido de la prepago, suprimiendo el detalle menor de que era el más rechazado de toda la fila - y que solo llegó al frente cuando el resto la botaron del puro asco.)
En Colombia la moral de esclavos tiene una expresión idiomática perfecta: "dejá eso así, que Dios lo juzgue." Es catolicismo pasivo disfrazado de madurez. Los vikingos tenían una palabra para el hombre que vivía bajo ese régimen: níðingr.
Se reservaba para el peor tipo de hombre que la cultura podía imaginar - y el peor tipo de hombre, para un vikingo, no era el asesino, ni el ladrón, ni el traidor. Era el hombre que no vengó a los suyos. El que tuvo la oportunidad, tuvo la causa - y no hizo nada. Era un insulto tan grave que, según la ley islandesa medieval, acusar a alguien de níðingr sin prueba era motivo legal para que el acusado te matara. Pero si la acusación era cierta, el acusado quedaba socialmente muerto: sin derecho a heredar, sin derecho a sepultura honorable, borrado del linaje. La cobardía de no vengar se castigaba más duramente que el crimen de matar.
Los griegos antiguos fueron más lejos. Inventaron a las Erinias - diosas que literalmente perseguían a los hombres que fallaban en vengar a sus muertos. En Las Euménides de Esquilo, Orestes no enfrenta a las Furias por haber matado a su madre. Las enfrenta por el riesgo de no haberlo hecho. En la teología griega, no vengar era el crimen ontológico: la sangre no vengada perseguía al linaje entero, generaciones enteras cargando con la culpa del antepasado que eligió la tranquilidad.
Los japoneses codificaron el principio en el Bushidō y lo pusieron en sus billetes. Los Cuarenta y Siete Rōnin no son un caso clínico de obsesión mal procesada - son héroes nacionales con estatuas en Tokio, un festival anual en diciembre que conmemora el asalto, y una tumba colectiva que todavía hoy recibe turistas. Si Japón tuviera una industria terapéutica como la nuestra, serían el caso de apertura del DSM. En lugar de eso, tienen mármol.
García Márquez lo ilustró en Crónica de una muerte anunciada. Un pueblo colombiano entero sabe que van a matar a Santiago Nasar, y cada uno asume que otro hará algo al respecto. Nadie actúa. Nadie advierte. El resultado es un cadáver y una de las mejores novelas del siglo XX. Cada personaje en esa novela era, técnicamente hablando, un níðingr. La prosa es hermosa; la moraleja es vikinga.
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Durante más del 95% de la historia humana, "dejar ir" habría sido considerado demencial. Un hombre que no actuara contra una traición documentada no era sabio; era defectuoso. Aristóteles lo formalizó en la Ética a Nicómaco: el hombre que no se enoja con las cosas correctas, con las personas correctas, en la medida correcta, en el momento correcto, es un cobarde. No un sabio. No un iluminado. Un cobarde. La incapacidad de enfurecerse cuando la furia está justificada no es virtud - es un defecto moral.
(Imagínense lo que habría escrito Aristóteles si hubiera tenido que lidiar con las guisas y las gomelitas de Bumble en Bogotá, o, Dios nos coja confesados, Medellín. Tres tomos mínimo, y una subsección entera titulada Sobre la Culisuelta Estratificada.)
níðingr, el man del "que Dios lo juzgue" - el que tiene la causa, tiene la evidencia, tiene la oportunidad, y elige tercerizarle el caso a un juez con un historial documentado del 0% de condenas. "Dejar esa mierda así" no es sabiduría. Es outsourcing moral al único contratista del mercado que garantiza no entregar. Es moral de esclavos con suscripción premium a Netflix.
La rueda no gira sola. La empujé con git push.
Vi un vacío en el mercado y decidí llenarlo. La demanda ya existía. La oferta era cero. El producto tiene un detalle técnico que lo hace particularmente elegante: el costo está todo al frente. El trabajo pesado se hizo una vez y dura para siempre. Mantenerlo publicado cuesta unos cuantos dólares al mes y un certificado SSL que se renueva solo. Es el sueño húmedo de cualquier economista: disuasión a precio fijo, mantenimiento asintóticamente gratis, retribution-as-a-service con vida útil indefinida.
(Los vikingos habrían matado por esta tecnología. Literalmente.)
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"La injusticia es relativamente fácil de soportar; lo que duele es la justicia."
H.L. Mencken
Ella soportó la injusticia que les infligió a putecientos hombres sin perder el sueño. Lo que le duele ahora es la factura.